El taller de la Fundación Agustín Serrate reporta muchos beneficios a las personas con problemas de salud mental

Agustin SerrateMuchas de las plantas ornamentales que embellecen los pueblos altoaragoneses tienen su origen en el Vivero de la Diputación Provincial de Huesca y en el trabajo que realiza el personal de Medio Ambiente de esta institución y un colectivo de personas de la Fundación Agustín Serrate, tanto de su Centro Especial de Empleo Arcadia como del correspondiente taller ocupacional.

- El trabajo en el Vivero, como todos los programas de rehabilitación que acomete la Fundación Agustín Serrate, procura un cúmulo de efectos positivos en las personas con problemas de salud mental graves, como facilitar su inclusión y mantenimiento en la comunidad, disminuir su dependencia de los dispositivos sanitarios y los costes de medicación, y minimizar el coste familiar por cuidados y atención.

El Vivero Provincial está ubicado en la carretera de Arguis y cuenta con una extensión de siete hectáreas. El calendario anual de trabajo está marcado por las dos campañas de venta de planta, la de flor de temporada, entre mayo y junio, (tomillo, albahaca, lavanda, orégano, menta, salvia, petunia, clavel o celosías, entre otras) y la invernal de árboles y arbustos, de diciembre a marzo (arce, cedro, ciprés, genista, magnolia, morera, olivo, haya, pino, secuoya, tejo, tilo y otros). En 2012 se ofertaron 65.000 plantas en la campaña de flor de temporada y más de 40.000 en la invernal. En la primera fueron atendidos más de cien ayuntamientos y en la segunda, cuarenta y cinco.

La entrada de personas al Taller de Viveros Arcadia es responsabilidad de la Fundación, a través de sus procesos de acogida y evaluación. La coordinación entre la plantilla del Vivero de la DPH -un encargado, dos oficiales y tres peones- con el personal del taller se considera una pieza importante dentro del engranaje del programa de rehabilitación. La relación, además, es excelente y la comunicación, constante.

El taller está a cargo de un monitor, designado por la Fundación Agustín Serrate. Marta Calvo es quien desempeña desde hace cuatro años esta labor y es la responsable del grupo en la atención personal, las tareas que hay que realizar, así como de las herramientas y los elementos que se precisan.

El horario de trabajo se desarrolla desde las 7,30 hasta las 14 horas. Las personas que proceden del centro especial de empleo deben cumplir las siete horas, al igual que su monitora, pero las del taller ocupacional las limitan a cinco y pueden acometerlas, según sus necesidades, cuando lo estimen más conveniente.

Cada día, el encargado del Vivero, responsable de los programas de trabajo transmite a Marta Calvo la previsión de las tareas que hay que realizar, para que ella las reparta y las adapte a cada persona, en función de sus capacidades. "Hay que tener en cuenta las habilidades, destrezas o dificultades psíquicas de cada uno -explica-. En relación a esa función, enseño, refuerzo, acompaño o superviso las tareas. A nivel individual, también trato de "contener" los síntomas o la enfermedad, ya sean positivos (delirios y alucinaciones) o negativos (falta de motivación e interés o aplanamiento)".

Con la coordinación necesaria que ejerce Marta Calvo, todos los integrantes del taller -en total 18 personas contando con ella- se incorporan a los objetivos productivos. El programa del Vivero permite un régimen de trabajo, que, a pesar de la dureza propia de una actividad agrícola, se mantiene fuera de las tensiones comerciales y eso permite un ritmo más sosegado y excelente para personas con una dificultad mental grave. En la época de la flor de temporada, los trabajadores van dando los pasos necesarios que comienzan con la siembra y siguen con los trasplantes y el maceteado para concluir con la venta. En el verano, se produce un descenso de la actividad, pero siempre se pueden hacer cosas como limpiar los campos o cuidar los jardines. En octubre, se inicia la campaña de invierno y con ella el trabajo más pesado, arrancar árboles, aunque también el más tranquilo. Hay siete meses por delante para realizar la labor y los pedidos se presentan con un ritmo mucho menos frenético que el de la campaña de flores. "El trabajo en invierno es más duro, pero el de las flores es más delicado, se necesita una psicomotricidad fina y no todo el mundo tiene esta capacidad –señala la monitora-. Hay semillas como cabezas de alfileres que hay que coger con pinzas de depilar, una a una".

El taller reporta unos beneficios muy importantes a las personas que trabajan en él. "Además de recuperar habilidades laborales que, por culpa de la enfermedad, se han podido perder, el trabajo permite salir del aislamiento en el que estas personas suelen encontrarse", señala la monitora.

En este sentido, añade, el grupo del taller de viveros ha conseguido que la convivencia y el trabajo en común generen relaciones de amistad, que muchas veces van más allá del trabajo diario.

UNA BUENA AMISTAD

Un ejemplo muy claro de las amistades a las que alude Marta Calvo tiene como protagonistas a José Antonio Pérez y a Francisco José Lanaspa. Ambos viven con sus familias en el mismo barrio de la ciudad y comparten también su afición por la música, que desarrollan en el Coro Arcadia. "Cuentan mucho el uno con el otro y se cuidan un montón", señala la monitora.

Francisco no tenía experiencia en el campo como su compañero José Antonio, que se había formado durante tres años en la escuela taller de jardinería del Ayuntamiento. "Esto me gusta, porque hay muy buen rollo entre todos los compañeros, aprendes, estás entretenido y se te pasa la mañana mejor", afirma José Antonio. "En una oficina, el tiempo se nos haría más largo -coincide Francisco-. Aquí, al aire libre, se está muy bien".

De las diversas tareas que realizan, la que más le gusta –y de nuevo están de acuerdo los dos- es colocar planta, y explican con todo detalle en qué consiste este trabajo y cómo van disponiendo las macetas en las tablas. "A todo el mundo le sienta bien trabajar", observa Francisco, y José Antonio agrega lo gratificante que resulta comprobar cómo va creciendo una planta de la que ellos se han ocupado. "Esto nos da mucha seguridad –afirma-. Francisco tiene una hernia discal y, sin embargo, le gusta mucho estar aquí".

José Antonio lleva dieciocho años en el Vivero y Francisco, dieciséis. Hasta que coincidieron en este taller, no se conocían de nada. Ahora son uña y carne.

Gerardo Ara se las sabe todas. Muestra sus guantes de cuero, que utiliza para protegerse y evitar que le salgan callos en las manos. Es el que más tiempo lleva en el Vivero, veintidós años, y muchos compañeros que han llegado después han seguido sus consejos y han aprendido a "maigar" con él. Le gusta picar la tierra y quitar la mala hierba. "Cada uno hace lo que puede, no todos tienen la misma fuerza", señala, y comenta algunos aspectos de su labor como el cuidado que hay que poner al arrancar los árboles a raíz desnuda para no dañarlos. "Luego se cargan en remolques y algunos se llevan en un mismo viaje hasta seiscientos. De La Fueva venía todos los años un camión y se llevaba de todo", recuerda. Gerardo también se siente satisfecho de su oficio, porque contribuye a "frenar la deforestación" del planeta. "Si no repoblamos, acabaremos con el oxígeno", advierte.

Marta y Fátima son las dos únicas mujeres, además de la monitora, que trabajan en el Vivero. "Esto era demasiado masculino, cuando hay mujeres se relacionan de otra manera –sonríe Marta Calvo-. Ya somos más educados todos".

La monitora está encantada con el ambiente de trabajo y el compañerismo que se ha creado. "Es un grupo con mucha identidad y quedamos para hacer cosas fuera, como tomar un chocolate con churros en la Granja Anita, tapas y cazuelitas cuando están los concursos o irnos de excursión. Son muy piña y a todo el que llega se le acepta muy bien", afirma. Cuando están decaídos, entre ellos mismos se animan. Marta también contribuye a que se sientan mejor. "Si uno no se encuentra bien o no tiene un buen día, Marta le dice que se siente un poco en el cuarto, le da conversación y parece como que te anima –señala José Antonio-. Nos dice que hagamos lo que podamos y ella te ayuda siempre".

David Ruiz es otro de los integrantes del Taller del Vivero. Para él, que haya buen ambiente en el lugar de trabajo es "esencial" y asegura que allí lo hay. "Esto es como un pequeño pueblo, nos conocemos todos. La adaptación no es difícil, somos personas con discapacidades, pero gente normal", asegura.

El contacto con personas que tienen algún problema de salud mental grave resulta muy interesante, porque contribuye a desmontar muchos estereotipos que transmiten una imagen negativa del colectivo y, desde luego, bastante alejada de la realidad. Monitores como Marta Calvo contribuyen a aportar otros puntos de vista sumamente enriquecedores.

Fuente: Diario del Altoaragón. 09/07/2013

 

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