El texto de José Miguel Suárez Madrid fue valorado por su alta calidad literaria. El director de la Once en Huesca recogió ayer el premio en su nombre.
El sevillano sordociego José Miguel Suárez Madrid, natural de Osuna, ha resultado ganador de la primera edición del Concurso de Relatos Cortos "Asociación de Hipoacúsicos de Huesca". El texto Amores telefónicos le ha hecho acreedor de un premio de 1.000 euros, que ayer recogió en su nombre el director de la Agencia Administrativa de la Once en Huesca, Ricardo Espiérrez.
- Le hicieron entrega del galardón la directora-gerente de la entidad, María Ángeles López, acompañada de Sonia Zamora y Cristina Ríos, miembros de la misma asociación.
Según explicó Sonia Zamora, al concurso se presentaron dieciocho relatos, de un alto nivel literario, procedentes de Madrid, Barcelona, Valladolid, Cuba, Argentina, Zaragoza y la provincia de Huesca, aunque barajan limitar la próxima edición al territorio español.
Para participar, era necesario disponer del certificado de minusvalía y una discapacidad auditiva. Formaron parte del jurado el director general de Cultura y Patrimonio del Gobierno aragonés, Ignacio Escuín, la directora técnico de Fiapas (confederación a la que pertenece la entidad oscense), Carmen Jáudenes Casaubón, y el profesor de Literatura Antonio Viñuales.
María Ángeles López explicó que la iniciativa surgió como una continuidad al trabajo que desde hace muchos años lleva a cabo la Asociación San Francisco de Sales de Hipoacúsicos de Huesca. "En un principio, parecía que las personas sordas estaban condenadas a vivir en la ignorancia, en la falta de información y en una comunicación oral. Los padres que fundaron la entidad apostaron por proporcionar una rehabilitación a todos estos niños y jóvenes, que hoy son adultos, una educación oralista, un acceso a la lectoescritura y potenciar el acceso a la información. Todo eso se ha traducido, con el paso de los años, en que estas personas leen, escriben, se comunican con sus compañeros, pueden ir donde quieran y hacer cualquier trámite, y se nos ocurrió que proponer este concurso era el reconocimiento al esfuerzo de todas estas personas".
López subrayó que este concurso resulta "muy estimulante", tanto para los participantes como para las personas que trabajan con ellos y para sus familias. Según dijo, "se van dando cuenta de que ya no están vetados al acceso a la información y la cultura", y aunque quedan barreras que todavía hay que superar, "a veces se pueden solucionar a través del subtitulado, porque en los sitios grandes se pierde mucha información".
La directora valoró la actitud del ganador cuando se le comunicó el fallo del premio, "humilde y muy alegre", y comentó que la Asociación desea que el concurso tenga continuidad y una periodicidad anual. "En un principio contaremos con el apoyo de Cultura y Patrimonio, pero hay distintos estamentos que han mostrado su interés y esperamos contar con todos ellos", manifestó.
En esta primera edición, han participado más chicos que chicas, y María Ángeles López aseguró que la organización se encuentra muy feliz por cómo se ha desarrollado todo. "Hay que reconocer que ha sido una satisfacción grande, porque no esperábamos ni esa afluencia ni ese nivel que todo el jurado ha reconocido". indicó.
Por su parte, Ricardo Espiérrez aplaudió esta iniciativa que entre otras cuestiones parte de un reconocimiento a la cultura, "que es tan importante, aunque a veces se deje a un lado o se sustituya por la tecnología o los videojuegos".
Espiérrez, que proclamó su afición por la lectura, confesó también que le gustaría mucho tener habilidad para la escritura, y le reconoció un mayor mérito si cabe al ganador de esta primera edición del concurso, al tener que superar dos discapacidades.
"Yo creo que se rompe con el estigma de pensar que las personas sordas están un poco ajenas a la cultura y al ocio, y como madre de una de ellas quiero reivindicar que puedan seguir accediendo a ambas cosas".
Cristina Ríos también suscribió estas palabras, como madre de una niña perfectamente integrada y con muchas aptitudes para la música que está cultivando.
EL TEXTO PREMIADO
EL madrileño Aurelio, a sus treinta y cinco años, estaba soltero y un poco sordo, lo cual le otorgaba el pretexto perfecto para adquirir, de segunda mano, móviles de antiguas generaciones. Primero quiso comprar un teléfono reciente con buen sonido, pero esa búsqueda le llevaba siempre a tiendas donde unas chicas muy sosas intentaban colarle un móvil con todas las prestaciones posibles y futuras, aunque muy bajito en timbres y muy alto en precio. Así que se decidió
por adquirir un modelo que ya conocía, porque lo había tenido hacía un lustro, y le había dado muy buen resultado sonoramente hablando.
Entraba en las páginas webs de cambalache y de venta entre particulares de objetos que se usaron poco y bien y que se quieren intercambiar o vender al mejor postor por algo menos de lo que costaron. Curioseaba. Sopesaba y se preguntaba a quién contactar. Buscó y encontró varias docenas. Los propietarios eran hombres o mujeres, había variedad de lugares de procedencia y los precios oscilaban entre los veinte y los treinta euros. Entonces decidió interesarse en comprar los teléfonos que habían usado sólo mujeres. Al
principio, no se percató de lo que ello supondría, pero luego el ansia creció hasta desmadejarse, como ahora veremos.
Cuando intercambiaba mensajes electrónicos con esas mujeres, le invadía un deseo digital muy fuerte, hasta el punto de que encargaba los teléfonos sólo por saberse cerca de un aparato que había estado junto a esas bocas femeninas
que tan dulcemente besan en las alcobas, en las paradas de metro o incluso en las salas de espera de los notarios. Tímidamente, cuando recibía los teléfonos (pues llegó a comprar más de diez en pocas semanas) se quedaba horas
observando los aparatos, inspeccionándolos, soñando despierto e imaginando los labios que habían estado tantas horas cerca de aquel plástico lleno de botones. Luego se aventuró a hacer llamadas para dar las gracias por el buen estado en que se encontraban los terminales, y también, en el caso de
adquisiciones futuras, para saber si estaban liberados o si pertenecían a tal o cual compañía, además de conocer más detalles sobre sus dueñas. Se quedaba prendado de sus voces, de sus suspiros que surcaban el aire entre satélites y antenas, de sus síes y sus noes, de sus excusas para colgar, de sus citas para hablar a otra hora sobre los teléfonos que se ofertaban, etcétera.
Aurelio tenía plaza fija como administrativo en el Ministerio de Cultura desde hacía más de un lustro, así que tenía suficiente tiempo y sobrada solvencia para desplazarse por el país para aclarar sus pesquisas y el fondo de sus extraños requiebros. Dando la casualidad como pretexto, argumentaba que tenía que ir de viaje a la ciudad en las que ellas vivían y así recogía el teléfono en
mano y aprovechaba para invitar a un café a sus expropietarias. Hablaban de los
teléfonos, primero, pero luego pasaban a conocerse. Fue así cómo intimó con María, de Bilbao, una chica pelirroja de veinticinco años que terminaba ya la carrera de Arquitectura. María lo veía todo cuadriculado y muy exacto; planificaba toda su vida al milímetro, sobre bocetos que luego pasaba a limpio, como si de su quehacer diario tuviera que presentar proyectos urbanísticos ante algún organismo público. Aurelio se enamoró con fuerza de aquel cuerpo pelirrojo de metro ochenta y generoso de frente. Pero a los dos meses ella se presentó con una amiga suya, que le había despertado ansias lésbicas, y se despidió de él para siempre.
No se desesperó entonces Aurelio, porque días después conoció a Elvira, de Valencia. Era una mujer rubia de treinta y dos años, recién divorciada, con la que estuvo varios fines de semana. Ella tenía un pisito en Port-Saplaya (un pequeño pueblo adentrado en el mar, como una pequeña Venecia), y era muy agradable. Conoció a varios de sus amigos e hicieron planes para viajar por Europa juntos. Pero, de pronto, ella le propuso tener un hijo y entonces Aurelio, muy poco despierto para la vida real, dijo que no, y ahí terminó el nuevo romance, porque Elvira lo que quería era ser madre, cosa que tampoco quería su exmarido, y con Aurelio no esperó demasiado para saberlo.
Conoció también, más tarde, en un pueblo de Málaga, a Estefanía. Era una chica menuda y morena, con una sonrisa siempre blanca y sencilla en la cara, muy dulce y tierna. Con ella la vida fue más lejos, porque vivieron juntos en Madrid durante seis meses, en el piso de él. Todo apuntaba a que acabaría con Estefanía la pasión de Aurelio de conocer a chicas que quisieran vender su viejo teléfono móvil, pero no se sabe cómo ella se encaprichó de un vendedor de pizzas al que llamaba casi a diario: los encontró Aurelio con las manos en la masa (y nunca mejor dicho) cuando regresaba un viernes de su trabajo.
Solo de nuevo, Aurelio tampoco se desesperó. En realidad, sin querer reconocerlo, sintió cierto alivio. Cierto peso se aligeraba de su vida, aunque Estefanía lo pasó muy mal al marcharse. Él estuvo varias semanas paseando solo por la ciudad por las tardes. Se fijaba en las parejas de novios que pasaban
agarrados, y también en los niños que jugaban en los parques con alegría y alboroto. Se sentía muy joven todavía, así que al llegar a su piso un domingo por la tarde, abrió el cajón lleno de teléfonos móviles de segunda que había comprado en el último año y los remiró porque estaban perfectamente etiquetados y acompañados de un dossier ilustrado que detallaba las características del cambalache y de la dueña que lo ofreció. Apartó los teléfonos que fueron de María, Elvira y Estefanía y vio que todavía le quedaban dieciséis teléfonos que habían sido de otras tantas chicas. Estuvo llamándolas durante varios días y comprobó que muchas habían desaparecido dejando pistas falsas o
que ya no llevaban a ninguna parte; otras respondían secamente porque habían sido molestadas mientras estaban de paseo con sus maridos y/o novios, y finalmente, no pudo concertar nada nuevo.
Su corazón, sin embargo, le pedía continuar. Comprendía, finalmente, que lo que de verdad le gustaba era jugar a seducir y a ser seducido: vivir en ese ansia sano de intentar encontrar a la persona perfecta. Pero entonces, un día de repente, al pasar por delante de una óptica, se le ocurrió que lo mejor sería que se comprara un par de audífonos. Entró y la dependienta y audiprotésica, llamada Isabel, resultó ser la mujer más simpática que había conocido hasta entonces. Reconoció entonces que había sonidos que nunca había escuchado antes, sonidos muy agudos que los hipoacúsicos no percibimos naturalmente y que complementan la vida en todas partes y que nos hacen sentir integrados en cada momento que vivimos. Como Aurelio tuvo que probar varios aparatos, para ver cuáles le iban mejor, Isabel lo trató mucho y congeniaron muy bien.
Tanto que empezaron a salir juntos y a los tres meses se casaron y llegaron a tener nada menos que cuatro hijos. Con semejante plebe, Aurelio ya no tuvo nunca más ni un minuto para aburrirse y no pensó ya en comprar más teléfonos chillones usados con segundas intenciones.
José Miguel Suárez Madrid
Fuente: Diario del Alto Aragón














